El duende del Sauce
Se acercaba fin de año y se asomaba una vez más la trágica fecha de la navidad. Desde que mi viejo falleció, las reuniones de familia se fueron dispersando y año tras año las cenas se hicieron cada vez más melancólicas. El año anterior había probado brindar con la vieja, pero el edificio donde se hospeda tenía tanto olor a pis que no me era posible distinguirle el gusto al lechón que había comprado en el Wall Mart. Para colmo el Alseimer estaba ya tan avanzado que no hubo forma de convencerla de que la copa no servía para hablar con su mamá, en primer lugar porque no era el tubo de un teléfono como ella se creía y en segundo lugar porque su mamá se había muerto hacía más de treinta años. Desistí definitivamente cuando empezó a tener una charla íntima y fluida con la botella de sidra “Primer Precio” en la cual era evidente que yo no estaba incluido y, por lo tanto, una buena excusa para dejarlos solos.
Por eso esta vuelta había decidido no respetar las tradiciones y opté por irme a la antigua casa de mis tías, que se encontraba en el llamado “Pueblo De Los Árboles Caídos” una localidad casi invisible llamada así por el elevado número de sauces llorones que inundaba la zona. Cuando el pueblo estaba naciendo esos árboles recién llegaban al país en los barcos extranjeros, y al parecer al fundador se le fue un poquito la mano con las semillitas. De todas maneras era pintoresco ver esa especie de cortinado verde cayendo en la rivera de aquel arroyito cantador, como si fuese la voz principal de una ópera que permanece eternamente vocalizando detrás de un telón cerrado.
De chiquito siempre me costó ir a ese lugar por las cosas que se comentaba entre los pueblerinos. Como es un pueblo chico los mitos están siempre a flor de piel, y “El Duende Del Sauce” fue desde épocas inmemorables, comentado, temido y respetado. A los ocho años nuestras tías nos obligaban a estar adentro porque el duende nos podía atrapar, y, diga lo que diga cualquier psicólogo infantil, el método era admirablemente efectivo para que nosotros, que éramos rebeldes por naturaleza, respetemos estrictamente las normas de la casa. Lo que se rumoreaba entre los lugareños era que se lo solía ver muy tranquilo sentado en alguna rama de algún sauce, y que si algún curioso tenía la osadía de observarlo, el duende, que era descarado como cualquier duende medianamente respetable, se aparecía de inmediato cerca del mirón para torturarlo con sus travesuras, que nadie nunca supo decir si eran o no inofensivas, pero por las dudas todos sugerían no mirar de noche aquellos árboles que inundaban casi la totalidad del paisaje. Por eso cuando oscurecía las cortinas de las casas se bajaban sin excepción.
La cuestión es que ya con treinta y cinco añitos me daba un poco de vergüenza dejar de ir por el Duende del Sauce. Ya hacía muchos veranos que no me tomaba unas buenas vacaciones y sumado a que el laburo estaba a punto de estropearme en carácter definitivo las pocas neuronas que me quedaban, preparé el auto sin pensarlo demasiado para embarcarme hacia aquel pueblito de la infancia.
Y ahí me mande nomás, con un par de libritos, el termo, el mate, treinta kilos de yerba por las dudas, un poco de carne, unos carbones, unos copetes... que sé yo, algo para pasar un fin de semana navideño en completa armonía y soledad. Eso sí, no me llevé ni radio ni telefonito. Quería descansar un poco la cabeza, o al menos lo que me quedaba de ella.
Llegué cerca del mediodía. Desayuné un poco y me dediqué a limpiar los sectores de la casa que iba a usar durante los días que durara mi estadía. Hacía años que nadie se ocupaba de las tareas domésticas y las ratas daban claras muestras de haberse dado cuenta hacía ya un buen tiempo.
Mientras cortaba el pasto salió a saludarme el primer vecino. Se acercó en son de paz y durante toda la introducción de la charla se la pasó lamentando la muerte de mis tías, dos solteronas que para lo único que existían era para ganarse el aprecio de los que vivían cerca regalándoles porciones de tartas y budines caseros, que era lo único que hacían durante todo el día. Y de a poco, con una notable maniobra del lenguaje que no alcancé a advertir en su momento, me fue llevando al tema preferido de la gente de aquellas desoladas regiones: “El Duende del Sauce”. Puse la mejor cara de hipócrita que me salió, y respondí con falso interés sus advertencias, sin cometer el error de decirle que yo no creía en esas cosas. Una vez tuve la mala idea de decirle a un testigo de Jehová que era ateo y me tuvo la mitad del domingo intentando convencerme de que si no leía su revistita y rezaba tres padre nuestro antes de acostarme, esa misma noche iba a pasar a buscarme el mismísimo Belcebú para llevarme con él a las temibles profundidades del infierno que un hereje como yo se merecía. La verdad era que me tenían los huevos al plato con ese duende de mierda que no era más que el producto de un infantil delirio colectivo. Me aburrió con lo de siempre: que los perjudicados eran los curiosos, que el cuidado había que tenerlo a la noche, y que a la belleza de los sauces había que aprovecharla únicamente durante el día. Pero agregó algo más que yo desconocía: el Duende del Sauce tenía, naturalmente, poderes mágicos, los cuales utilizaba para adivinar el punto débil de la víctima haciendo que su ataque sea profundo y efectivo. Me aseguró no saber si tenía o no intenciones de lastimar a la gente, pero que conocía muchos cuentos terribles que no los quería reproducir en ese momento para no perturbarme la víspera de la navidad, sin darse cuenta que con su embolada visita ya me la había perturbado más de lo que yo hubiese querido.
Por fin se fue, y durante la tarde pasé una de las horas más felices de mi vida. Me sentía en la gloria tirado sobre el pasto recién cortado, mirando el cielo con el ombligo y dejando fluir toda expresión espontánea de mi cuerpo sin reprimirle su libre voluntad de volumen, aroma u orificio. Pero mi felicidad radicaba principalmente en la distancia abismal que existía entre mi cerebro y la mala onda del archirompepelotas de mi jefe. Qué lindo era estar sin diarios, sin noticieros, y sin un compañero de trabajo que te relate las noticias por segunda vez en el día con el odioso y trillado tono de la indignación. En ese lugar no escuchaba más que los pajaritos y por suerte ninguno interrumpía su canto para brindar ningún servicio meteorológico que informara el pronostico del resto de la jornada.
A la tardecita empecé a hacer el fuego. Corté unos salamines que muy inteligentemente había tenido la prudencia de llevar, y puse un par de costillitas para que fueran asándose con paciente lentitud. En ese momento, como era de esperarse, salió el último vecino que vi en el día a advertirme que entrara porque al Duende del Sauce no le iba a gustar que un forastero como yo estuviese haciendo fuego hasta tarde. Yo le levanté la mano con cara de no saber qué significaba forastero y seguí con lo mío. Opté en cambio por descorcharme la primer cervecita y me desabroché la camisa para que mi panza me hiciese un poco de compañía en aquella solitaria velada. Pobrecita, tan escondida la tengo siempre en la ciudad que decidí invitarla al menos a esta particular cena navideña.
Cuando sentí el primer chistido ya me estaba terminando la segunda Palermo. Lo primero que imaginé fue al vecino que, contradiciendo sus propias advertencias, se acercaba exponiéndose a los peligros del duende para manguearme un pedazo de asado. Me acuerdo que se me ocurrió decirle que lo que estaba en la parrilla no era carne de vaca sino que el duende se me había hecho el loco justo cuando tenía la cuchilla en la mano. En una de esas se la creía y decidía no comerme la comida. Pero cuando me di vuelta no encontré más que la cortadora de pasto estacionada junto al montón de yuyos verdes que yo había juntado durante la tarde. No le di mayor importancia. Con dos birrines encima uno se abre a cualquier experiencia del tercer tipo, y hasta del cuarto y del quinto. Pero a los pocos minutos el chistido se repitió. Esta vez mi reacción fue un poco más neurótica y di vuelta la cabeza a la velocidad de la luz. Para tener una experiencia del tercer tipo faltaba un chistido más, así que opté por tranquilizarme y distraerme un poco con el asado. Pero entonces la cosa se puso más directa. Desde la espesura misma de la noche uno de esos coquitos que caen de las plantas voló con aparente autonomía y me pegó directa y ruidosamente en el medio de la frente. Ya no hizo falta darme vuelta para comprobar que no había nadie en frente mío. Me puse a gritar con fingido coraje quién andaba ahí, y a exigir que si de verdad se creía tan vivo que se acercara. No obtuve más respuesta que otro coquito por el otro lado, y ahí, sin reflexión mediante, perdí en un segundo toda la calma que había ganado en el transcurso de la tarde. Recontraputié de arriba abajo al gracioso y lo amenacé con cagarlo a trompadas si no aparecía. Di toda la vuelta a la casa corriendo, gritando y transpirando como un loco, pero cuando llegué de nuevo al frente detuve en seco la marcha de los pies junto con la de los pulmones. El tipo estaba ahí, lo más tranquilo, hamacando los pies como un nene sentado en la rama más baja de un sauce. Yo me quedé mirándolo sin mover un solo músculo congelado por el susto, y entonces advertí que su mano izquierda estaba repleta de esos coquitos que mi frente había recibido hacía apenas unos minutos. Agarró uno con la derecha, se lo metió en la boca como para comérselo, lo saboreó un poco y me lo escupió en el medio de los ojos con una envidiable puntería. Festejó su acierto con un sobrio grito de victoria mientras alzaba las manos haciendo volar los coquitos como papel picado, y con total parsimonia se dejó caer suavemente hacia el suelo. Era verde, flaco y petiso como los duendes de las películas, pero no tenía ese clásico bonete puntiagudo, y en su lugar exhibía una amplia pelada más impactante que la de mi suegro, sobre todo porque en este caso yo la podía contemplar directamente desde arriba.
De a poquito se fue acercando a la parrilla con las manos entrelazadas en la cintura, como si fuese un inspector de bromatología que está por corroborar una falta imperdonable o, mejor dicho, una coima generosa. De pronto descubrió el salamín cortado sobre la tabla y me miró en un ágil movimiento de cabeza mientras lo señalaba, como diciendo “¿puedo?”. Yo asentí en silencio y él, con una sonrisa que expresaba un cínico agradecimiento, se cortó dos tajadas de pan, se sirvió un baso de cerveza y se sentó con los pies encima del respaldo de la silla contigua a disfrutar de mi involuntaria invitación. Se mandó el sándwich que se había armado con una hábil sacudida de muñeca y sin terminar de masticarlo le pegó un buen trago a la cerveza que un poco se le quería escapar por las comisuras de la boca. Sin alcanzar a tragar del todo empezó a hablar como si estuviese continuando una conversación ya empezada hacía horas.
-¿Sabés lo que pasa hermano? Yo te voy a decir lo que pasa. Pasa que estoy repodrido de asustar a los mismos pelotudos de siempre. – Quedé sorprendido al escuchar que de ese extraño ser, que no parecía mayor que un adolescente, salía la voz de un señor de por lo menos sesenta años– Para colmo cada vez que viene un extranjero no pasan ni diez minutos que ya alguno de estos de los que vive acá le va con el chisme de que “guarda con el duende, guarda con el duende”. Claro, estos salamines no tienen un sorongo que hacer en todo el día y se entretienen cagandole el laburo a un pobre diablo como yo. Ha... hablando de salamines loco; un espectáculo. – Agregó el duende mientras levantaba como un trofeo un segundo sándwich que se había ido preparando mientras conversaba y, sin dudar se lo mandó entero a la boca. – Y enshima ficado brueso ¿ño? – Yo asentí con la cabeza mientras me sacudía algunas migas que me llegaron al pantalón. Hizo un gran esfuerzo por tragar y continuó mientras se preparaba una tercera tajada - ¿Sabés cuanto hacía que no comía un buen salamín? Estos viejos de mierda se la pasan comiendo ensalada de porotos y puré de calabaza. Y al final terminan asustándome ellos a mí con los pedos que se tiran mientras duermen. No, si te digo, este lugar es una verdadera cagada, en el sentido más literal de la palabra – Y carcajeó festejando su propio chiste, que desembocó en una terrible tosida que casi lo hace escupir todo lo que tenía en la boca. Se calmó, se golpeó el pecho y continuó. – Vivir en un pueblo es terrible, créeme. Todos los días son iguales. Que los grillitos, que las ranitas, que el arroyito... Un embole. Si por lo menos hubiese un buen bulo, aunque fuesen dos gordas patas de flan, no importa, algo para hacer ¿Viste?. Pero acá nada, che, pero lo que se dice nada, nada. Y lo peor es que el laburo está flaco hermano. Antes aunque sea los pibes se cagaban hasta las patas conmigo. Ahora están todos re abichados. Con tanta tele y tanta interné, para asustarlo hace falta una súper producción de Hollywood, y acá viste yo laburo con bajo presupuesto, qué voy a hacer, es la que hay... Si aunque sea trabajara con otro, por ahí la cosa sería distinta, que sé yo. Igual te digo una cosa, he escuchado de otros duendes que trabajaban asociados y terminaron queriéndose arrancar las pestañas a mordiscones. A la hora de los números nadie es amigo de nadie ¿Viste? Pero te soy sincero, a veces me dan ganas de darme una vueltita por Misiones y traerme al Pombero ese para que me dé una regia manito. Yo lo conozco, es macanudo el pibe. Pero mientras tanto, ¿Quién se hace cargo de todo esto? Por más que no pase nada tengo que estar acá ¿Viste? El laburo de duende es así, te tiene atado, no te deja mandar una. Yo me fui a quejar al sindicato, pero si te dan una semana por año tenés que darles las gracias y besarle las patas, y con una semana no llego ni a la ruta. O qué querés ¿qué me tome un bondi? No se puede papi, un duende, hoy en día, está discriminado por la sociedad, no hay vuelta que darle. A esta altura del partido esas cosas siguen pasando, es la realidad, la triste realidad. Pero hay que comersela. Y también les dije a los del sindicato que necesitaba otras condiciones laborales, che. ¿Sabés loco, lo que es dormir todos los días en esa ramita de mierda? Yo me levanto con tortícolis, calambres, dolores de cabeza, de columna, de ojete, todo junto. Ya estoy viejo para estas cosas. Te digo la verdad flaco, yo no aguanto más, te juro ¿he? no aguanto más.
El duende me siguió hablando durante toda la noche, sin dejarme ni tiempo para descomprimir el efecto diurético de la cerveza. Por suerte mientras estuvo él presente no tomé un sorbo más. En realidad nunca me convidó. Se las buscó, se las sirvió y se las tomó él solito. Ni siquiera me invitó a sentarme. Se la pasó hablando de que su mujer no podía entender que un lavarropas, una cocina y una computadora no se podían subir a un árbol, de que sus amigos hacía años que a sus espaldas le decían “El Duende Llorón”, de que todas las minas lo tenían como un viejo verde, de que ya no asustaba como antes, de que la gente por tanto cine ya lo había confundido con E.T., con un Gremblin, y hasta con Gollum, ese bicho horrible y ambicioso de El Señor de los Añillos, y terminó diciéndome que le hacía un enorme favor si le pasaba el número de algun terapeuta de confianza. Sinceramente el duende era insoportable, pero estaba realmente triste, así que opté por hacerle la gauchada de escucharlo lo más que pude. Se notaba que necesitaba hablar. Pero cuando la cosa ya estaba por clarear, el duende empezó realmente a asustarme. Me abrazó, me dijo que era la única persona que lo escuchaba y lo entendía, me habló de un mega proyecto televisivo con el que nos íbamos a llenar de guita y me aseguró que los Pekes iban a ser un poroto al lado de las ideas que él tenía. Cuando ya me temblaban las piernas de terror me pidió que lo esperara, que subía a buscar no sé qué cosa al árbol y que se venía conmigo a empezar un negocio “demoledor”. Ni bien puso un pie en la primer rama salí corriendo con tremenda desesperación al auto y lo saqué arando sin preocuparme por la prolijidad del pasto, por el sueño de los vecinos ni por la integridad del motor.
Me costó varios días recuperarme del shock. Nunca sentí tanto miedo. Realmente el Duende del Sauce era más peligroso de lo que pensaba. Me prometí no volver jamás a aquel lugar e iniciar los trámites para poner la casa en venta, y a pesar de que fue uno de los episodios más angustiantes que he pasado, después de aquel día empecé a ir a trabajar con un humor tan poco habitual en mí que mis compañeros me hablaban con cierta distancia y me miraban con absoluta desconfianza. Pero lejos de preocuparme estoy tranquilo de que así sea, porque no sé si será que el episodio con el duende me despertó mi costado obsesivo y paranoico, pero la verdad es que en más de una ocasión me pareció encontrarle un tono un poco verdoso a la piel de la gente que trabaja conmigo, al punto de sospechar que ellos en realidad eran duendes que se pintaban la cara para escapar de esa difícil y desgastante profesión. Quién te dice, tal vez el mundo está repleto de duendes maquillados y disfrazados y nosotros ni siquiera nos damos cuenta. Será cuestión de estar atentos.
Germán
El odio
Hace 3 años
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ResponderEliminarBuen cuento. Me gustó la forma en que presentaste al duende. Su personalidad se sale de lo que esperaba, pero de buena manera: Resulta una agradable sorpresa y combina bastante bien con el estilo del narrador.
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